Tránsitos y denominaciones, de Sergio Villanueva

Por: Manuel García Pérez

101-imgEl poemario de Sergio Villanueva, Tránsitos y denominaciones, en Ediciones Oblicuas, propone una poesía inspirada en ritmos populares, donde el símbolo con resabios heredados del Modernismo, construye unos versos de hermosa sutilidad, (en ocasiones, abusando de la grandilocuencia) y que considero aún de transición y en evolución. La poesía de Villanueva rescata tópicos de un Romanticismo decimonónico, pero sumando una denuncia social y una clase de actualidad en los referentes para que el lector asuma los temas universales del amor y la muerte en un su propio círculo de vivencias: “En las espirales traviesas/ de los tiempos todos/b yo resbalo infantil y efusivo/ como en los toboganes/ de aquellas playas o parques/ de hace mil o veintinueve años.” (pág. 41).

   La poesía de Sergio Villanueva, al que agradezco su generosidad al confiarme estas palabras, está en un proceso de evolución, pues insiste aún en el ornamento para crear la imagen compleja e incierta que desvela a cualquier poeta para ir más allá de los significados concretos. Sus versos no son pretenciosos; se intuye en ellos ya una forma de pertenecer al mundo y de transmitir la inusitada belleza que la realidad expresa para el creador: “Menos mal/ que aquel niño me sonríe./ Menos mal/ que yo la sonrisa le devuelvo.” (pág. 45). Aún queda camino en su escritura, pero hay una estructura fijada en ese proceso de composición en el que lo popular y lo social se incluyen, dentro de su estética, como una forma de entender las complejidades de lo que nos rodea.

Sin embargo, sus recursos técnicos aún distan de la depuración formal, pues sencillez y paradoja o condensación y universalidad son necesarias con el fin de que la poesía sobreviva en las  márgenes. En esas márgenes, el hombre descubre un significado recóndito de su existencia, auténtico y único, en soledad, más allá de la denuncia social o de la imitación de modelos: “Sigo escribiendo versos. / Continúo dejando palabras/ en este cuaderno pequeño/ que en la hora muerta/ de un domingo sereno y cualquiera/ blancamente me contempla” (pág. 32).

Ese camino no es fácil, así que el ejercicio de Tránsito y denominaciones interesa porque representa ese primer atisbo de búsqueda personal hacia lo indómito que la poesía cumple desde Mallarmé: “Noche, / horas quedas con el rumor/ de tu nombre redondo y silente,/ aire que no es aire en los claros ventanales” (pág. 63). Destaco la eficiente musicalidad de algunos poemas y la facilidad en la reproducción de versos con estructuras paralelísticas que cruzan lo poético con el ritmo popular. El tributo al Modernismo, a la esencialidad de los primeros versos de Rubén Darío o Juan Ramón, impregna el lenguaje de Villanueva. Esa virtud, además de las anteriores, promete una evolución significativa en obras posteriores sin lugar a dudas: “Manos/ que plegáis a la materia, /a las gracias fúnebres, / a los aliseos vientos”. (pág. 66).

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Publicado el agosto 28, 2013 en Inicio, Manuel García, Reseñas. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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