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Mario Marín presenta un (no)poemario construido desde lo visual

school

Go, go, go, Goodmorning, to school es un libro híbrido, con dos poemarios y varios relatos independientes

¿Cómo surgió Go, go, go, Good morning, to school?
Yo trabajo siempre por imágenes. Mi formación es artística y estructuro por defecto en base a territorios visuales. Tenía dos poemarios que no quería presentar aislados. Los imaginaba dentro de otro escenario, y ahí empieza la fase de montaje. Los trabajo planos y secuencias de ayuda en forma de relatos breves y los posiciono y enlazo. Cada poemario tiene sus dos escoltas que les dan entrada y salida; son cuatro actores secundarios en forma de relatos que crean el ambiente necesario para una lectura adecuada de los versos que luego vienen. Cuando trabajo la propuesta con Editorial Niebla, insisto en mantener unos títulos y subtítulos interiores, una tipografía concreta y una estructura sin modificaciones; cualquier desplazamiento de páginas rompería el ritmo de lectura que yo imaginaba. Rafa Pérez, mi editor, es un tipo enamorado de los proyectos frescos y libres, y no hubo ningún problema para mantener mi propuesta.

¿Qué le llevó a titular el libro así?
Cuando estudiaba Bellas Artes tenía un despertador con forma de Mickey Majorette que me despertaba escandalosamente cada mañana con el sonido Go, go, go, good morning, to school. Esto se convirtió con el tiempo en una arenga interiorizada que siempre he usado cada vez que emprendía un proyecto. Es un grito de guerra, un posicionamiento vital en favor de levantarte cada mañana y trabajar sonriendo y en positivo. El título es un homenaje a esa disposición vivencial.

¿Qué criterios siguió para elegir los poemas que aparecen?
El primero de los poemarios, El suelo de las paredes, tiene cuatro parcelas; Buzos que se ahogan en el mar, La vacas no comen carne, La novia de mi cadáver e Isla Manguitos, y nos recuerda el suelo que nunca pisamos, la extensión de pormenores que se esconden a nuestra vista, de los que conocemos su existencia pero no su tacto ni su color. Son poemas para el alivio y para el apósito, pero también para el enganche con los mundos inventados.

El segundo poemario, Mundo Club, tiene cinco territorios, Las Ceñiduras, Kiosco de las Hetairas, Ribera Barragana, La corte y la seda y Cuerpos y miradas. A estas cinco zonas se le une otra pequeña parcela; Barbie odia el rosa, con un solo poema. Mundo Club surge de la observación de clubes de alterne de carreteras secundarias para un proyecto fotográfico, y se sitúa en el territorio del páramo para entender la desolación a través de la soledad, una soledad que la marca el aire y que se queda en el ritmo de su lectura. Provocadoramente breves, cuentan solo la superficie, como los primeros hachazos en un tronco, desbrozando solo la corteza.

El libro, además de poemas, incluye cuatro relatos. ¿Hay un hilo argumental que una todos ellos?
El primer poemario entra en escena de la mano de la historia del carnicero amante del cine gore Santiago Chamizo, y su final está escoltado con el relato del artista contemporáneo y fracasado Rafael Vélez. Ambos dan color y tono a sus poemas. El segundo poemario se lanza con el relato de la prostituta Lady Gaga y acaba con la historia de Sara la Estatua, el travesti mejor dotado de un club de alterne de una carretera secundaria. En este caso están más para delimitar una escenografía de mínimos.

Niebla servicios editoriales la describe como un nopoemario. Para quien no conozca el término, ¿qué es un nopoemario?
Un nolugar es un espacio arquitectónicamente neutro, son territorios de transitoriedad, como hospitales, tanatorios o aeropuertos. Un nopoemario es un poemario insuficientemente definido, que necesita y busca la muleta de relatos, ilustraciones o notas para que funcione como pieza artística. Lee el resto de esta entrada

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